November 6, 2023, by Cuba Research Forum

Alfredo Guevara, Cine Cubano y legado personal

Resumen: una visión sobre un hombre cubano de cine.// Summary: A vision about a cuban man of movie.

No sé quién soy, si me pregunta, tiemblo, porque eso me pregunto sin descaso; es que por no saberlo, soy pregunta, interrogante eterna mientras vivo; desde que el existir exige que me diga qué es este ser, siendo soy y sigue sin comprender las últimas razones; sólo sé quien no soy, quien no seré, no fui, no puedo ser; reniego de la imagen que se repite inmensa, aprisionante, ese hartazgo previsto de respuestas que se deslizan, que se erigen en mente sustituta y que el pensar marchitan.

No siempre estamos muy conscientes de quién es alguien, hasta el instante mismo que la intuición despunta en nosotros con la pregunta perpetua: ¿quién es este señor?

En el exergo que da inicio a este comentario, se define un poco el carácter de Alfredo Guevara de una manera que pudiera ser la conjunción de muchas y equivalentes interpelaciones que nosotros nos hacíamos de él y de otros fundadores de la cultura revolucionaria. Conocía su imagen, mas no conocía su naturaleza, su intemporal presencia en un pensamiento político, estético y artístico que lo llevó por caminos de sagacidad entre algunos de sus contemporáneos que se agitaban en estas vertientes del pensar; luego todo se volvió cierto. Tuve la oportunidad de concurrir como fiel oyente a cada uno de los coloquios que impartió; descubrí sus libros. Él se entregó en sus confesiones después de una larga y azarosa vida, cual adeudo de dejar bien despejados sus puntos de vista, tanto en el pasado como en el presente, sin remordimientos, pues quien aprende bien la lección de la vida, sabe que su deber es contarla, dejarla para que otros se sirvan de los vericuetos del camino recorrido en la lucha, en los momentos de silencio y reflexión.

Alfredo Guevara es el creador de uno de los proyectos de la cultura cubana más plurales que conozco dentro del proceso de su desarrollo: el ICAIC. En el marco de la Revolución que apoyó sin límites y con abundantes críticas, supo responder de esta manera a las exigencias y a una coherencia muy vital en la intelectualidad cubana de la segunda mitad del siglo xx y comienzos del xxi; su personalidad se rehace por tanto, a cada paso, en el día a día, respondiendo a un impulso marxista y leninista de profunda vocación martiana; no porque lo diga él, sino porque nunca pudo soportar la inmensa atracción que estos filósofos ejercen sobre su conciencia, en profunda armonía con su intelecto, algo que va a desplegar desde su temprana y joven adultez política y luego como aglutinador, descubridor y dirigente cultural.

El cine llega a él como siempre ha llegado a todos, por puro ver, por puro esparcimiento; y luego el gran hallazgo, el deslumbramiento por algo que es más que poesía, que es más que política y que es más y más y más: es el tiempo el mejor crítico, el mejor jurado, el mejor calificador, el eterno, el que persiste erosionando las jerarquías a pesar de los públicos, a pesar de las filosofías, a pesar de las críticas. Alfredo Guevara sabe, él tiene su propio tiempo y lo enrumba al infinito en busca de saciar la sed de belleza, la sed de verdad, la cuota de la verdad que le pertenece como ser singular; no siempre el camino escogido por el denodado fundador —que fundando testifica — fue un paso sin contradicciones con algunas interpretaciones del socialismo, miméticas de la versión europea; de aquella comunidad ya desaparecida, en muchas ocasiones el destino de sus anhelos se vio enfrentado al dogma, su fundada defensa de la Revolución desde la armonía de lo diverso, le deparó muchas polémicas que con toda honradez intelectual, dejó plasmada en sus libros, conferencias y no pocas declaraciones en público; puede ser que esto le haya proporcionado no pocos adversos, aseguro que le surtió indistintamente de muchos adeptos, véase el sustentáculo sin igual en la juventud, que se pretendía poseedora de una manifestación auténtica hacia un nuevo estadío de la cultura cubana.

Su cuartel general en el combate por la cultura nacional era el ICAIC, luego devenido más universal por otros desafíos, entre ellos la UNESCO y acuciosamente pero diferente, pues ya era otro el ICAIC, el retorno y con ello en todo estos tiempos, la compañía de la revista Cine Cubano, el noticiero ICAIC Latinoamericano y el Nuevo Festival de Cine de nuestro continente, que fundó con el mismo ánimo de debatir, polemizar, no dejar que sus seguidores descansasen ante la perenne pregunta, la cuestionable frialdad de las ideas y la pasividad de los hechos artísticos, culturales, políticos, en fin, ideológicos, siempre en busca de las izquierdas latinoamericanas, sembrado de antemano el campo para la América toda, desde una visión pasionaria, esclarecida; cuando nadie podía suponer siquiera la posibilidad del fin de las dictaduras de América Latina y el alumbramiento del ALBA. Alfredo Guevara recorre esos caminos minados por el imperio de esclavitud física y virtual, se adelanta al hecho explorador de las hegemonías simbólicas; de la mundialización de las pantallas en asistencia al capital, de la globalización final o usurpación de la percepción deshumanizada por la forma de interpretar la realidad de los grandes emporios del audiovisual y las grandes industrias del entretenimiento; ese despotismo delicioso y carismático, esa dulce esclavitud voluntaria que después Ignacio Ramonet advirtiera en sus textos académicos y denuncias formales en foros sociales de todo el planeta. Une, congrega junto a otros artistas del continente y del mundo, la protesta audiovisual más intensa: el Festival de La Habana, contra el estado actual de inmutable atentado de las libertades individuales, la desfloración de las diversas y ricas identidades de cada país del Tercer Mundo, del mundo subdesarrollado, de los latinos en EE. UU. y el espacio de nuestra América.

Alfredo no sueña, o mejor aún, lo hace, pero con el reto más grande, cambiarlo en realidad. Su relación con la juventud, tanto en la AHS como en otros espacios, expresa su firme persuasión de que sólo los beneficiarios de este país pueden continuar la obra de la cultura que sacó a Cuba del papanatismo y erigió a un nuevo intelectual, no de élites, no de divorcios totales o parciales con su realidad social. Estableció con las nuevas generaciones un diálogo certero y diáfano a partir de la experiencia de su vida, en cuyo intercambio retó a muchos a la continuidad transgresora de hacer arte y a la herejía revolucionaria en medio de un mundo tan complejo como el de hoy. Invito a los jóvenes realizadores a permearse de la vida, a cuestionarlo todo y cuestionarse a sí mismos, a entender la poliédrica y profunda existencia humana en todas sus complejidades y también, les proporcionó el interés para soñar, privilegio que en el reino animal, es sólo otorgado a los seres humanos.

Resulta curioso que su nacimiento y fallecimiento estén marcados por fechas significativas: 31 de diciembre y 19 de abril; una, el día que cierra el año, en vísperas de conmemorar el Triunfo de la Revolución Cubana; y la otra, el último día de la invasión y de la gran derrota militar en Playa Girón, del imperialismo en América. Es el azar o para decirlo mejor, como refería nuestro Lezama: “es el azar concurrente”, ese mismo azar que años atrás, lo colocó ante la oportunidad de privilegiarse en redactar el Decreto Ley que instituyó para siempre el 20 de octubre como Día de la Cultura Cubana; texto que le confiara el entonces ministro de Cultura, Armando Hart Dávalos y que él resuelve magistralmente, buscando el día del año más propicio para ello, el tiempo reguardó para la historia épica y artística de la naciente identidad revolucionaria, de la nacionalidad, cimentada en este fragmento del decreto, de la siguiente forma:

POR CUANTO: Ese Himno compuesto por Perucho Figueredo, de los héroes que forjaron el espíritu de la insurrección y la iniciaron, cumplió su objetivo retando con su riqueza sonora e intención patriótica, a las autoridades coloniales, al interpretarlo por primera vez en la procesión del Corpus Christie en Bayamo, en los albores de la proclamación de la independencia y el fin de la esclavitud.

POR CUANTO: Nuestro himno nacional fue orquestado por un músico cubano y mulato, el maestro Muñoz Cedeño, un símbolo de la doble raíz de nuestra cultura nacional española y africana, es decir, mestiza, e interpretada por vez primera por una orquesta de músicos bayameses ante un público que latía, cómplice y entusiasta, ante cada compás.

POR CUANTO: El Himno Nacional de Cuba encontró su letra en medio del combate y el triunfo, en la primera victoria del Ejército Libertador y en la pluma de su creador musical, Perucho Figueredo, que sobre su ardiente corcel y con todo el pueblo en espera emocionada, compuso la octava que desde entonces canta y cantará eternamente nuestro pueblo como su himno de lucha y de victoria y también como eterno homenaje a los forjadores.

POR CUANTO: Reconocemos en el Himno Nacional de Cuba, el símbolo en que se entrecruzan el sentimiento de amor a la patria y la decisión de combate, la expresión artística de ese acto cultural por excelencia, en que el pueblo afirma y conquista su identidad plena, la guerra libertadora.

POR CUANTO: Se hace necesario elegir una fecha que permita conmemorar anualmente el surgimiento de la cultura cubana: independentista, antiesclavista, anti imperialista y proyectada hacia el progreso social.

POR CUANTO: El 20 de octubre de 1868 las tropas mambisas al mando de Carlos Manuel de Céspedes, liberaron la ciudad de Bayamo y el pueblo estrenó por primera vez nuestro Himno Nacional.

En uso de las facultades que me están conferidas:
Declaro el 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana.

Por este privilegio y libertad dado a Alfredo Guevara, estamos aquí, festejando esta fiesta de la cubanía, uno de sus aportes culturales y jurídicos que avalan la siempre revolucionaria intensión de un legado, de una personalidad de pensamiento inquieto. Alfredo Guevara supo distinguir y escoger el día que más le convenía a tan magna celebración de la cultura cubana, porque cubano se reconocía en las vanguardias artísticas y políticas.

El cine cubano está escrito también por otros, pero el rastro de Alfredo es imborrable, pues supo imprimir en sus colaboradores la desconfianza que causa la satisfacción absoluta; produjo un ambiente de cordial enfrentamiento para la búsqueda de nuevo derroteros de desarrollo de nuestra cinematografía; se ocupó de colocar el cine cubano en un contexto internacional, en los circuitos de festivales de todas las geografías y con ello dotó al mundo de una imagen cubana insertando en el concierto de las iconografías planetarias, la nuestra; barriendo con ello el remedo y raquítico cine anterior al 59, del cual salvó algunas excepciones; existía con esas característica por razones banales, sin peso de búsqueda estética y artística de mejor y más alto vuelo del pensamiento y goce más íntimo del público. El resultado en los primeros años fue anclar la producción cinematográfica a las mejores escuelas y tendencias expresivas del momento. Más de 50 años le sirvieron para enfocar una pasión, y más que eso, una filosofía de vida. Este es su máximo aporte al cine cubano y su legado más personal.

 

 

Ramón Leonardo Cabrera Figueredo. Manzanillo 1965. Residente en la municipalidad de la Lisa en la Habana. Profesión: Escritor, guionista, editor y director de proyectos audiovisuales. Formación académica: Nivel Universitario. Licenciado en Medios de Comunicación Audiovisual en el perfil de edición del Instituto Superior de Arte, Cuba. Ha participado en diferentes proyectos artísticos es miembro de diversas organizaciones con el perfil antes mencionado. Profesor de la universidad en la provincia Granma donde ha impartió por varios años la asignatura de Cine Cubano, Estudios de la Cultura Cubana, ha publicado reseñas, artículos, entrevistas en publicaciones nacionales y foráneas. Actualmente se desempeña como programador de la Sala Glauber Rocha de la fundación del nuevo cine latinoamericano

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